Idas, venidas, cuentos y arrebatos del famoso y temido Paulus de Best.
«Vivir no es llegar de una pieza y en buen estado a la tumba, sino cruzar de lado la línea de meta hecho polvo, quemando aceite y perdiendo piezas al grito de ¡Alamieeer!» (Bill McKenna, 1982)
«Nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mier...» (Jorge Manrique)
El trato era que quien pidiera clemencia lavaría los platos y reclamé para mis hombros tus uñas y alimentando con brisa fresca de un fuelle roto de concertina el infierno al rojo de la fragua te domé y en tronares de aydiosmíos repicaste como chaparrón de agosto y bien saben los vecinos que es a ti a quien le toca recoger la mesa y limpiar la cocina pero has vuelto a hacer trampa quedándote dormida y soy yo quien ahora diluye tu perfume en espirales jabonosas de estropajo y restos de comida.
Duerme bien te deseo mientras ahuyento estirándome los dolores y sonrío y saboreo en mis labios un breve anticipo de revancha cuando te despierte la prisa por la mañana.
-¿Qué otra cosa te esperabas, extranjero? -dijo una voz a salvo. Comienza Música
Y sólo por ver qué ocurre al retomar un sueño por voluntad truncado volvió a cerrar los ojos y a lo lejos oyó de nuevo esa voz herirle el pecho por dentro y en un descuido dejar salir un recuerdo con su nombre escrito en clave en el pico y entonces ahí la vio presa y feliz de un mundo pequeño amable y previsible y sin olores de sólo unos pocos días que van y vuelven y se repiten una y otra y otra vez y en el que por seguridad cuanto en él cabe o cuanto a él llega está debidamente enumerado y previsto y lo hace a la misma hora de chaqueta y corbata y con flores en la mano o se acomoda entre curiosidades libros y recuerdos en una repisa y entonces como un paisaje de tiza que con la humedad de la niebla se desdibuja flotando calle abajo se perdió para siempre en un manchurrón gris.
-Nada. Precisamente eso. -respondí y seguí caminando, intentando no resbalar sobre el hielo.
Sansón Restrepo me acompañó lealmente durante más de quince años, desde aquel día en mil novecientos noventa y cuatro en que me lo encontré al enrolarme en la Marina y dejar la facultad, en el tren de Barcelona a La Coruña, mirando al infinito por la ventanilla. Lo reconocí enseguida, porque lo había visto algunas veces en la facultad el año anterior, puede que rondándole a Amanda o a Roser o componiéndole versos a la novia de algún amigo para que él se los regalara en su cumpleaños... no sé. Incluso puede que le hablara de él a Uriel o a Tudela. Puede que lo conociera de antes, incluso... No sé dónde estarán los cuentos que escribí entonces. Quien los tenga ¿podría echar una mirada y decirme?
Gracias a él y al tenaz cariño de Amanda, -que contra pronóstico aguantó y me esperó todo ese tiempo-, llegué entero al final de los tres años de embarque. Parece mentira... Tanto tiempo recibiendo disparos por mí y de repente, cuando creyó que por fin podía dejarme solo y salir a volar un rato porque había quedado momentáneamente libre de la penosa tarea de metabolizar las emociones puras que yo no soy capaz de procesar y así proteger mi alma volátil y enamoradiza, cuando en un descuido, -no sé si suyo o mío, la verdad-, se intoxicó de emoción al atragantárseme un ¿por qué? sin respuesta que consumió su alma en apenas cuarenta y ocho horas y que me ha tenido despierto y dando vueltas desde entonces hasta ayer al mediodía, que por fin pude conciliar el sueño y dormir. Dormir profundamente un sueño tranquilo, caliente y seco, a salvo de intemperies y sobresaltos sin ruidos y, como, la verdad prefiero, sin sueños. Del tirón hasta esta mañana, en que he amanecido aquí, en Murmashi, en el apartamento de Elena.
Tras propiciar una catástrofe ecológica de magnitud incalculable, -tanta es el agua caliente y el jabón que he vertido al río duchándome- me he sentado en la cocina y aprovechando su ausencia me he puesto a leer todo lo que que he escrito o publicado desde el día diecinueve hasta ayer. Superada la vergüenza inicial de ver en pantalla mis tripas revueltas con algún esporádico destello de humor y hasta de ingenio, he corregido un par de faltas ortográficas y alguna consecutio temporum mal armada que dificulta su lectura y he suprimido algún párrafo superfluo, que no aporta nada al estado descrito y que sólo distrae. A parte de eso, no he modificado nada, aliviado porque no se me ha ido excesivamente la pinza -lo normal para alguien que escribe con un rumbo abierto en el alma, supongo; nada en comparación con lo que sale en lo diarios- y mientras, he desayunado como no fuera a hacerlo más en la vida y he salido después a pasear para que el aire frío me ayudara a ordenar las ideas.
Ha vuelto a llover bajo cero y a caer la temperatura y en cuanto amainó el viento, volvió la niebla. Lo que hace dos días estaba esponjoso y con textura bien de espuma de afeitar, bien de granizado de limón y resbaladizo a morir, hoy está duro como una piedra, semitransparente, blanco y sucio, como la nieve de primavera, pero duro como acero, seco y cortante como la Sardà y más resbaladizo aún de lo que estaba, como esa dignidad que he desgarrado y arrastrado por los suelos estos últimos días. Tengo que acordarme de revisar los frenos y de subirle presiones a los neumáticos para que no se rifen si quiero luego ir a buscar a Elena. Con este hielo en el suelo, prefiero resbalar que rajar un neumático.
Con Sansón Restrepo muerto y debidamente enterrado a los pies de un árbol y bajo una aurora boreal que me esforcé inútilmente en fotografiar, llegaba el momento de ponerme en marcha. No quería quedarme en la casa de Oleg. Con el lago de aguas negras y orillas pantanosas semiheladas a la vista y la linde de ese bosque que me aterra tan cerca, el riesgo de aparecer ahorcado una mañana en ese árbol me parecía más que posible, enorme, tanto más cuanto más peso perdiera mi alma sin posibilidad de reponerlo ni de remediar su mengua.
Tampoco quería alojarme en lo de Golcharev. Por lo que dice Pentti, las obras van despacio de momento y no hay fecha clara para que me ponga a trabajar en serio en la pintura, porque no hay nada aún que pintar y adecentar la herrería para cuando podamos ponernos con los herrajes no me llevará más de un par de días y puedo hacerlo más adelante, con mejor tiempo o al menos, con algo más de luz y de ganas. Podría alojarme de todas formas allí a pan y cuchillo, como me ofrecieron, pero no tengo el humor para formalidades ni la paciencia como para ponerme a inventar batallitas con que mantener una charla o distraerme de la repulsión que en el fondo siento por alguien como Golcharev padre, a quien he caído en gracia, de eso no hay duda, pero justamente, por eso tengo que andarme con mucho más ojo.. Irme ahora allí sin las cosas claras, de convidado de piedra sin nada que hacer durante un día que es todo noche salvo por una claridad lechosa que apenas si dura un par de horas al día significaría con toda probabilidad poner en riesgo la simpatía que me tiene.
Por otro lado, esté en el bosque o en lo de Golcharev, tengo que desplazarme a Tuloma o a Murmashi a diario, porque necesito conexión a la red. Necesito poder leer los diarios, leer los blogs de mis amigos, revisar el correo por si llega algún encargo. Necesito hablar con mi mujer y mis hijos un par de veces por semana y decirles que estoy bien y escuchar sus historias del cole y del trabajo y que me cuenten que Père Noël les ha traído un montón de cochecitos de juguete y un hamster, que es hembra, que durante unos días se llamó Nada, pero que luego la llamaron Pichi y ver que les ha crecido el pelo y decirles que sí, que se lo cortaré a ambos con la moto como yo y ver que mi mujer está preciosa así, sonriente, maquillada para hablar conmigo, vestida de blanco y musgo, que parece un duende del bosque con esas botas acolchadas y que mi cuñada se divorcia y que ha estado de visita con los primos y mi suegro ha comprado un portátil como el mío, pero con Linux y que no sabe configurarlo y decirles que los echo de menos a los tres y que me lo digan y así mantener esa porción de alma viva e intacta para cuando pueda volver a su lado por unos días, antes de volver a sentir esa necesidad de irme.
Necesito además publicar en el blog con frecuencia para poder dar algo por terminado, aunque sea momentáneamente y así dirigir mis pensamientos a otra cosa. Si pudiera, habría escrito ya una novela, pero cuando lo intento, no sé qué historia contar porque me doy cuenta de que no sé inventar historias. Sé describir y como mucho, contar algo que pasa, aunque a veces no se entienda porque no lo entiendo ni yo. Por lo demás, no logro inventarme una historia que aguante más allá de veinte o treinta páginas y que evolucione sin que vuelva in media res a reescribir un principio coherente para lo que llevo hecho, que vuelve a cambiar y me lleva otra vez al principio, con idéntico resultado. El día que consiga escribir una novela, me da que trate de lo que trate, la llamaré El telar de Penélope, El cuento de nunca acabar o Y dame la petaca... Prefiero hacer esto, ir contando mi vida. No necesito inspiración alguna para hacerlo. Sólo un detalle del día que valga la pena contar. No necesito emoción alguna para ponerme delante de la pantalla en blanco y empezar a contar. Las emociones fluyen a medida que lo hago.
Aunque esto ya hace algún tiempo que dejó de ser el blog de aventuras meta-deportivas, de deporte periodístico que pretendía ser, no abandono aún la esperanza de que en algún momento pueda volver a serlo. De que Portalmotos, Portalcoches, Mitsubishi, si alguna vez vuelve al Dakar, o incluso alguna revista de coches, de viajes o de lo que sea me vuelvan a llamar para cubrir con mi tocayo Sans Fear un rally, una carrera, una boda real... o una guerra. Iría adonde fuera. Lo que sea. Gane o no gane dinero con ello, sea útil a alguien o no, este es mi oficio desde que tengo memoria: observar, comprender y entonces describir, aunque nadie entienda nada. Aunque al mirarme más de uno se lleve el índice a la sien, enarque una ceja y mire para otro lado.
Por todo esto que digo, al final no me he quedado ni en la granja de Golcharev, cerca de Pyaive, ni en la cabaña de Oleg en el bosque, ni en el coche, en el parking del Feniks, sino en Murmashi, cerca del río, en el apartamento de Elena, donde desde hace dos, no, tres días cumplo con mi función de hombre-objeto, consistente en cocinar, ocuparme de la compra, cargar la secadora y doblar la ropa (de entenderse con la lavadora en cirílico se encarga ella... Ya os hablaré un día del juego de la lavadora rusa), además de escribir, dibujar, sacar alguna foto, recuperar algo de forma y tono muscular con un viejo juego de pesas y envolverme para regalo cuando ella vuelve del trabajo y así quererla y dejarme querer del modo en que Elena prefiera para auscultarnos y nivelarnos mutuamente el alma.
No, no estoy enamorado. Por un lado, os recuerdo que estoy casado y que nunca he sido infiel a mi mujer a menos de cuatro mil kilómetros de distancia o de seis meses de ausencia porque cualquier deseo que puntualmente se me cruce en ese espacio y ese tiempo sólo me provoca añoranza por mi familia, así que lo disfruto en su estado puro de deseo y me lo guardo sin que me suponga sacrificio alguno para cuando vuelva a casa. Por otro lado, no sé realmente qué es eso, más allá del deseo sexual o de ese otro deseo, intelectual y medio a contrapelo de querer conocer y asimilar a alguien que llamo canibalismo y que no sé muy bien explicar.
No. No sabría enamorarme de Elena, como tampoco podría sentir el menor deseo caníbal por ella. Su mundo es muy pequeño. Tan pequeño, que en él soy una figura de porcelana en la estantería, un simple elemento representativo de un estatus relativo que se acomoda junto a otros elementos representativos, como la secadora, el título de maestra en la pared, el souvenir de París o los dibujos de sus alumnos en la pared . El día que me vaya de su casa llorará, pero no porque yo me haya ido de su lado, sino porque vuelve a estar sola y el puesto del hombre que encarna cierto ascenso de grado al nivel siguiente en su mundo volverá a estar vacante, devolviéndola al puesto en el que estaba hace dos días o encasillándola como bicho raro, soltera y sin hijos. De momento, sin embargo, ese puesto lo ocupo yo. Me he convertido en el hombre de su mundo, no en el de su vida. A sus ojos -que en esencia son los de su madre-, el mejor hombre que puede procurarse en este momento para que represente ese nivel adquirido. Un hombre que la cuide y la proteja cuando la acosen los miedos u otros hombres, gracias a cuyas maneras, estado etílico y costumbres, para ella soy delicado, tierno, sensible, paciente, culto y sobrio.
Por supuesto que siento un deseo sexual estremecedor hacia Elena. Desde aquel primer beso que me dio, empotrándome contra la Wurlitzer en el Feniks y el magreo subsecuente en un rincón, -cocido de vodka como iba y todo, víctima del folklore local-, en que me quedó bien claro hasta qué punto su pecho es generoso, su boca honesta y su lengua veraz, hasta el placer que anticipo ahora mismo, -no sin temor, es cierto-, mientras remuevo el café y hago una breve pausa para dejar que el anticipo de una emoción me caliente el muslo, ha habido siempre un deseo evidente en las miradas y los gestos que Elena y yo intercambiamos. Entonces furtivamente. Ahora, a plena luz del día -metafóricamente hablando- o con nocturnidad y escándalo y alevosía.
Ningún hombre vivo, inclinaciones sexuales aparte, podría evitar sentir al verla una mínima conmoción en el habla, en el pensar o en el fluir de su sangre. Yo, que entre pitos y flautas le saco unos doce o trece años de edad, al verla estos días que llevo en su casa, desnuda, medio envuelta en un albornoz que no logra retener un seno veteado de azul y así, con el pelo enmarañado, envuelto en una toalla que se cae sobre sus hombros irritándola mientras, mordiéndose el labio, ella se pinta las uñas de los pies, (que para qué lo hará me pregunto si los enfundará en sus leotardos grises y sumergirá la pierna hasta la corva en unas botas), al verla así de concentrada, además de ese deseo por morder también ese labio, volver a meterla a empujones en la ducha y no dejar que se vaya a trabajar, no puedo evitar sentir, como digo, una profunda ternura, una emoción que no sé describir aún. Una gratitud que no sé si sabré demostrarle y una alegría radiante y franca que no sabría cómo expresar en toda su magnitud.
Sansón Restrepo habría sufrido que la noche no le diera más bolilla que un eco acolchado de silencios en una esquina borrosa en que el tiempo se desgranara sin prisa y con un resto de dignidad y en un desafuero fingido haría por que te volvieras a mirar y le dijeras adiós como sacudiéndote el hombro con el dorso de la mano pero a mí que para estos tangos soy más bien cafishio pero jailaife de paso largo y mecha corta y no sé nada más de esto salvo que ya me rompe las bolas y que no encuentro el modo de salir no se me ocurre a tiempo ni media razón decente por la que mendigarte más un gesto porque estoy como hasta aquí porque aunque tengo más de lo que en verdad merezco y sobrevivo con lo que guardo de un día para otro soy mucho más de lo que aparento y si a mi lado cualquier otario corcovea y se siente potro es solo porque le dejo y me gusta verlo no p'a que al agradecerlo sintás lástima por mí ni p'a que luego como a un pendejo un aguacero de frío y soledad me desvele a cualquier hora en el somier ya está bien de tanto juego ¡Alamier! si no aguantaste mirarte en mis espejos ni que a pecho descubierto hablara en plata porque en tu busca me orienté por fe y estima ¡Alamier! si te lastima que negocie a sangre y fuego y viva a suerte y a verdad ¡Alamier! si ni aun así para ti valgo una palabra de más.
Ha llovido durante toda la noche. Sí, lloviendo a cinco bajo cero, lo que ha hecho que la nieve se reblandezca, luego se congele, se esponje de nuevo y luego endurezca a cachos otra vez y así hasta hace unas pocas horas, en que se ha puesto a nevar y la temperatura ha bajado al nivel de hace unos días. Resultado de todo eso es que las calles de Murmashi parecen cubiertas de espuma de afeitar y granizado de limón. Cuando la nieve está como hoy, resbala hasta la vista, los diferenciales molestan hasta yendo en reductoras y con el ánimo errático como lo tengo estos días, ha hecho que aunque no fuera rápido, me saliera un par de veces por la tangente de la curva y me fuera una vez contra un árbol que con el cimbronazo sacudió la copa y me sepultó en nieve y otra contra un talud de nieve blanda y hielo duro en el que necesité un buen rato de balanceo adelante y atrás para que los neumáticos volvieran a traccionar y así salir justo a tiempo de esquivar un autobús que resbalaba en el mismo sitio que yo lo había hecho y que a tumba abierta se empotraba de lado y volcaba en el sitio preciso en que yo había estado dos segundos antes. Me ha tocado bajarme y ayudar a salir al conductor y a los pocos pasajeros que había a bordo hasta que al llegar la poli he subido al coche y me he largado no sea que les dé por complicarme la vida.
Era justo el revulsivo que necesitaba. Llevo días con el ánimo errático, a la deriva y sin rumbo, lo que diagnostico porque en vez de escribir como normalmente hago, hacia abajo, lo hago hacia arriba, volviendo al principio del texto una y otra vez y dejando por debajo una larga bufanda enmarañada de medias frases, de palabras inconexas y cosas sin sentido que sólo puedo borrar porque no hay forma de aprovechar nada de todo eso.
Pese a los esfuerzos de Elena, que se desvive estos días por centrarme y me acosa solícita, cariñosa y preocupada, dice, porque estoy callado, cuando mi estado más o menos natural es así, entre borde y jovial, taciturno y serio cuando reflexiono, pero divertido y tocapelotas cuando hablo con la gente.
Ya digo. El ánimo a la deriva y no simplemente triste, como he dicho algún par de cientos de veces desde que publiqué El último rayo de sol y a partir del que borraría todo cuanto he publicado hasta el próximo día de reyes, de no ser porque no me importa airear mis indignidades aquí, ni aun a riesgo de defraudar opiniones y expectativas de quienes entran a diario para ver cómo me va y para quienes, que borre lo escrito, que desande lo andado o que donde dije digo ahora diga Diego, no va a cambiar la opinión que buena, mala o regular, ya tengan de mi.
Así que en virtud de aquello de que Nunquam deterrebor quin dixerim id quod dixerim, aut fecerim id quod fecerim, dejo mis escritos de amanecer obtuso y miserable donde están, porque como ya he dicho, mi dignidad es pequeña y es difícil herirme en ella. Considero pues mis escritos de día nublado y ánimo sin rumbo fijo como las cajas negras de mi alma, donde podré de una forma u otra, antes o después, volver y desentrañar como un forense una a una las circunstancias que condicionan mi ánimo, lo que también me ayudará a comprender algún día cómo funciona el mundo.
Al empezar a escribir hace un rato, mi intención era comparar los vaivenes anímicos con los de la bolsa, porque los estados de ánimo, en contra de lo que digan quienes venden libros de autoayuda, dependen en gran medida del valor de intercambio que adquieran en los mercados emocionales de cada día. Digamos que uno tiene cierta tendencia natural hacia un estado anímico u otro, lo que marca las diferencias de personalidad entre individuos. Cierto. Hay gente que es naturalmente triste, o que vive en una angustia permanente o para quien el mundo es una pista de baile multicolor en la que todo es música y ante la que sólo cabe cambiar la forma de bailar, pero nada más.
Además de esas cualidades o características definitorias individuales, encuentro que en el modo en que esas diferentes formas de ser interactúan unas con otras y se influyen mutuamente, hay mucho de transacción, de intercambio, de inversión, de expectativa de beneficios, de confianza que ahora se deposita en nuevos mercados y valores de elevado potencial de rentabilidad y riesgo, ahora en bienes tradicionales de indudable prestigio y estabilidad, de avales y de garantías, de coste de oportunidad y de beneficio por acción y ratings y dividendos y grandes úes, y eses simples y compuestas, de máximos relativos, de grandes lomos y colas largas y de factores externos y de OPA's y booms y cracks alternos de emociones, sentimientos y estados de ánimo.
Es decir, que al margen de que uno sea más así o más asá, el estado anímico de uno depende y mucho de con quién se cruce, de con quién hable, de cuánto uno invierta emocionalmente en su contacto con el resto de personas durante el día. Creo que eso explicaría muchas de las cosas que observo.
Lo poquito que sé de psicología no me convence en absoluto: Choca con lo que sé de linguística, mecánica y economía. Hasta ahora, los psicólogos no han querido más que cambiarme y convertirme en un peluche sonriente que acepte el mundo que ve sin hacérmelo difícil y que la gente que sufre o se divierte a su alrededor no le altere el ánimo para así ser un un individuo productivo para la sociedad. Hablan igual que un general de brigada: con grandes palabras que en el momento de la arenga lo levantan a uno y lo hacen lanzarse de cabeza a una picadora de carne, pero que media hora más tarde, metido hasta las axilas en la boca del lobo, han perdido todo su efecto y sólo son palabras. Para un psicólogo soy un infeliz inmaduro lleno de miedos y agresiones reprimidas que malgasta energía en esfuerzos estériles en vez de intentar aceptar el mundo y ser feliz.
Y no estoy de acuerdo. No sé de dónde sacan tamañas tonterías. Un inmaduro no se abre un absceso en el alma con un cuter y una linterna a la vista de todo el mundo. Un inmaduro sufre en silencio, justamente para que nadie que lo vea deje de quererlo, o porque cree que nadie puede ayudarle. Alguien con miedo intenta verse bien adentro desde fuera y pasar inadvertido entre el resto, en lugar de ver el mundo desde bien adentro y plantearse si tiene algún sentido lo que ve. Alguien indiferente no puede ser feliz de ninguna de las maneras. Podrá ser brillante, podrá estar satisfecho, pero no puede ser feliz precisamente porque su estado de complacencia no cotiza en bolsa ni es bien de intercambio alguno, más allá de la atención que atraiga su apariencia.
A simple vista puede parecer que el que mi ánimo lleve unos días a la deriva y los motivos por los que esto sucede es algo trivial, irrelevante para un soldado, indecente para un monje, impropio de un héroe de historieta, de un escritor, o poco digno de mención para alguien con un mínimo temple moral que tiene que dar ejemplo a sus hijos. Lo es, sin duda, pero me da lo mismo. Si algo aprendemos de nuestros padres es justamente la forma de hacer frente, plantear y resolver problemas. No hay más que leer el periódico para darse cuenta de las mil formas existentes para resolver o ignorar los problemas. Para aceptar humildemente la ayuda que se ofrece a cambio de nada o en un arrebato de dignidad mal comprendida, morder la mano que te acaricia porque no hay problema alguno... Mis hijos harán con toda probabilidad como yo hago, lo que no les hará felices, pero les permitirá al menos mirar de frente a las cosas sin mentirse ni aceptar explicaciones rápidas, ligeras y aparentes ni desechar gente como si fueran cosas sin valor. No se vive tan mal del todo así como yo hago, aunque es verdad que a veces quien nos mira lo hace con sorna, o con fingida compasión... No me importa. No es ese el espejo ante el que me lavo la cara cada mañana.
La causa proximal del problema que me tiene meditabundo y errante es en sí una tontería que no habría que mencionar ni siquiera aquí, al menos por respeto a Elena, que lejos de ofenderse o echarme nada en cara, se esfuerza como digo, en devolverme el ánimo a cierto estado de decencia poética sin desesperar ni desfallecer. Cualquier otra persona se habría sentido molesta, habría dicho que tanto aspaviento por una musa que hace mutis por el foro sin más es una tontería y se habría cebado bien en ella o en mí, echándome toda la mierda a la cara para no hablarme más en la vida. Sin embargo, el problema tiene su importancia, desde luego. Una musa no es una novia, ni una aventura amorosa ni mucho menos una esposa o una amante ni nada que uno pueda tener en su vida de diario, sino algo que orbita en otro plano y que no interfiere moralmente -o no debiera al menos- con el día a día. Sí lo condiciona, desde luego, algo le aporta y algo le quita a ese día a día, a esa identidad llena de responsabilidades y compromisos que uno es del abrigo para afuera, pero no hay compromiso alguno ni exigencia, ni expectativa, más allá de esa comunicación que en ningún momento es excluyente ni exclusiva.
Hay tanto gaita usando cualquier ardid para echar una cana al aire, que se ha vuelto muy pero que muy difícil conseguir musas de confianza... alguien que simplemente inspire una mente a sabiendas de que lo hace y sin exigir que además la lleves al cine, le compres un anillo de diamantes o compartas con ella el resto de tu vida. En este caso, además, es alguien de cuya conversación disfruto como mono con dos pitos, y que me provoca una curiosidad extrema por lo mucho que se me parece en algunas cosas a quien creo que mis errores y mis cicatrices podrían serle útiles llegado el momento. En cualquier caso, a mí me habría venido muy bien hace algunos años contar con segundas opiniones lo suficientemente ponderadas y lejanas como para confiar en su neutralidad y desinterés. En fin... La naturaleza proximal de mi problema es tan simple, que se arregla con un par de aforismos de aquel gran filósofo que fue Diego Armando Maradona: ¡Se le escapó la tortuga! Llegar al área y no poder patear al arco es como bailar con tu hermana... pero el futbol es grande y es así.
Tengo suerte de tenerla a Elena, como tengo suerte de tenerla a Anne Marie, mi mujer, que aunque no siempre comprende mi forma de ver y de actuar, la defiende a capa y espada ante su familia y la mía... Ambas me harán pagar algún día estos días de ánimo vagabundo, no me cabe duda. De momento, sin embargo, me ayudan efectivamente. No sólo a sobreponerme a los síntomas proximales e inmediatos, que sé que remitirán, sino también a intentar esclarecer los motivos distales y subyacentes de por qué las cosas son como son y también como no son, de por qué hacemos lo que hacemos y también lo que no hacemos, de por qué somos en definitiva lo que no sabemos de nosotros mismos o del mundo en que nos movemos.
Como casi todos los que valemos la pena en este oficio del Harte (o Helarte, en mi caso), la tengo muy pequeña, fea, retorcida, mate y gris. Como un interrogante sin punto.
No. Más bien, como el nudo de un globo de cumpleaños.
Antes la tenía larga, recta, ancha y brillante como una moto nueva y disfrutaba dejando extasiado que me la acariciaran horas y horas o acariciándomela yo solito en mi despacho, pero con el tiempo, se me ha quedado, así: con el tamaño, el color y la forma del nudo de un globo gris de cumpleaños.
Pequeña. Muy pequeña. Diminuta, fea, retorcida y además, mate y gris. Nunca he conocido a nadie que la tuviera más pequeña, o por lo menos, tan retorcida y mate como yo. Porque hay que sujetarla con pinzas y mirarla con lupa, ya que es del diámetro de una lenteja, medio translúcida, escurridiza, y como sin forma...
Es tan pequeña, que normalmente ni me la encuentro... Ni recuerdo a veces que la llevo conmigo o incluso peor, cuando de verdad la necesito, por más que me palpe, no logro encontrármela.
Y se me pierde y no la encuentro y me quedo así, con cara de pescado triste sin saber qué decir o soltando a bocajarro lo primero que se me pase por la cabeza.... Cosas del tipo: No sé qué ha ocurrido... Es la primera vez... Te juro que nunca antes... Perdona... Tonterías al vuelo que, lógicamente, sólo empeoran las cosas. Siempre.
He dejado de pasearme con ella en la boca los domingos por la tarde. A veces hago un intento y poniéndomela en la boca consigo aparentar algo de porte gallardo y varonil, pero cuando lo hago, generalmente acabo tragándomela sin darme ni cuenta y entonces me toca pasar los días siguientes buscándomela en cuclillas si quiero encontrármela, así que no suelo sacarla más que cuando, como ahora, voy pedo hasta las trancas o en intimidad y con gente de total confianza, porque rara vez atraigo -y mucho menos seduzco- a nadie con ella.
Ni aun pagando hay quien la acaricie, o se la lleve a los labios sin asco, lástima o condescendencia. Por eso no la luzco. Porque no la elegiría nadie. Ni para vengarse.
Pobrecita... Sólo yo la quiero, porque sé lo que fue hace apenas unos años.
Aunque lo llevo bien y a ratos no lo parezca, tengo la autoestima más o menos a salvo. Sin embargo, me gustaría a veces volver a tenerla bien grande y hermosa, como una barra de kilo, brillante, erguida y reluciente ¡Como un Ferrari Testarrossa!...
Porque a alguien con una así, no se atreven a robarle en la carnicería. A alguien así le llaman siempre por el título y el apellido porque no permite jamás que le pongan motes estúpidos. Alguien así no tolera la menor familiaridad ni falta de respeto ni permite el menor agravio ni que se rían de él. Alguien que la tiene bien grande y hermosa es alguien mesurado y razonable a quien todos se esffuerzan por satisfacer y que sabe que hace lo mejor por la gente porque siempre hace lo correcto. Porque sabe en todo momento qué tiene que hacer y lo hace resueltamente y sin que en ningún momento nadie lo vea dudar, ni morderse el labio, ni aceptar consejos de desconocidos, ni dar más explicaciones. Porque alguien así sabe en todo momento quién es, donde está y a dónde va. Alguien así sabe bien quiénes son sus amigos, quienes sus enemigos y quiénes sólo están para servirle o admirarle... Nadie se ríe de alguien que la tenga bien grande, lozana y hermosa, como una barra de kilo, porque siempre aparenta seguridad y aplomo en todo cuanto hace, porque cuando duda, está tenso o siente que no tiene todas las respuestas, se la acaricia lenta y pausadamente o tiene quien se lo haga de buen grado y así cura todos sus males.
A alguien así no se lo verá nunca llorando en un rincón, ni teniendo que admitir su miedo y teniendo que dejarse ayudar por desconocidos de cuyas intenciones desconfía. Ni le impresiona en absoluto que alguien se baje del burro y se siente sobre una cagada. Alguien así no necesita admitir errores, porque nunca comete ninguno, ni pedir disculpas, ni estrujarse las meninges a ver cómo desandar lo andado y andar lo desandado y se seguir adelante, pero desde el principio. Alguien así tiene para cada síntoma, una corte de doctores que auscultan su ego y le rellenan los veintiún gramos hasta el borde. A alguien así no le cambia el humor una decisión injusta más allá de lo justamente necesario. A alguien así no recibe nunca lecciones de humildad, ni collejas por tonto y cabezota ni desde luego, se le dice nunca que no, ni se le puede enseñar nada si no eres quién para hacerlo.
Sí... Definitivamente. Me gustaría volver a tenerla grande y hermosa como una barra de pan. Bien erguida, brillante y resplandeciente y roja como un Ferrari Testarrossa y no como el nudo de un globo: Así me importaría menos perder amigos o juzgar a la ligera, no me equivocaría tan a menudo ni sentiría tanto miedo, ni haría tanto el ridículo. Llegaría incluso a comprenderlo todo más fácilmente y sin romperme las uñas queriendo arreglar lo que no tiene remedio. Me centraría así sólo en lo que de verdad importa. ¡Cómo envidio a quien la tiene bien, pero bien grande y pesada, como una barra de kilo y bien erecta y brillante y puede además metérsela sin pudor en la boca y salir a pasear con ella los domingos por la tarde!
Con una dignidad así confiarían más a menudo en mi palabra y me creerían a pies juntillas aunque dijera que hablo sinceramente, desde el fondo del cráneo, con el corazón y las tripas en las manos.
Con una dignidad así hubo un tiempo en que hasta yo supe ser feliz y responsable y encontraba más compañía en un libro que en cien personas que me cruzara por la calle.
(Dedicado con toda humildad y cariño, a mis padres y mis hermanos, especialmente Martín y Manuel. Para mis hijos Marcel y Gabriel. Para mis hermanos de sangre: Uriel, Dani y la buenorra de la Montse. Para mis hermanos de Whisky: Patxi y el Comandante Aranda. Para mis hermanos de fuego: Madrid, Worrall y Miller.
Dedicado con toda mi admiración a Anita, Jaime, Ma Dame de Méridor, Laurita, Gufo, Carol, Kassiopea, Silvina, Virginia, Nanim, Sergio, Crisis y demás amigos y cofrades del oficio y de cuyo trabajo voy aprendiendo.
Con todo amor y lealtad a mi mujer, Anne Marie, que aunque no siempre las comprende, me permite estas y otras muchas extravagancias.
Tuloma, Oblást del Quintonabo. Rusia. Nochebuena de dos mil nueve.
Andar solo por estos bosques tiene sus riesgos. Ya lo he dicho y creo haberlo contado. Uno de ellos, el más evidente, es la hipotermia. Otro menos jodido pero igual de cabrón es resbalar en el hielo y romperse algo. Otro que no depende tanto de lo que marque el termómetro pero sí de lo que señale el etilómetro es que te partan la cara o te toque darle explicaciones a un tipo de uniforme que sólo hace su trabajo -y se les nota, panda desganáos- de por qué llevas un pedazo de oreja entre los dientes y el tío ese que sujetan entre cuatro te dice de todo...
Otro riesgo importante es el de la estupidez, mal este que afecta en cualquier momento a cualquiera, a mí incluso.
Anoche efectivamente me fui al bosque con la intención de pasar unos días a lo rambo-y-no-puedo mientras curaba mi tristeza. Anduve desde poco después de la una de la mañana hasta eso de las cuatro -calculo a ojo-, en que con nieve hasta las verijas, viento tendido de noreste que no amainaba y un frío que os lo regalo, hizo que finalmente el Cabo de Best, se rebelara.
En la siempre humilde y moderada opinión del Cabo, si hay que patear monte porque lo mandan y porque no hay forma de escaquearse, pues se patea y cuanto antes y más rápido, mejor y listo, Pero eso de salir a congelarse las tarjeas porque un idiota atómico está con el pavo subido, se siente triste y no sabe qué hacer para remediarlo, pues como que le toca el quinto forro de las pelotas... Además, criaturica e dios... te me vas a ir p'abajo en una turbera, te vas a quedar bajo el hielo y nos van a dar bien por saco hasta que alguien pase por aquí en mayo...
Así que, queridos amigos, si a Cristo le llevó tres días resucitar y subir a los cielos, a mí me ha llevado más o menos eso tragarme un sapo, revolcarme en mi tristeza y volver a mi estado anímico habitual que es entre borde y divertido... Mis amigos ya lo saben.
Así que seguimos... Mauri Xelona me temo es un personaje con el que me he topado de pronto y al que tengo que tener vigilado, que si llego a hacerle caso anoche, más que un rumbo en el alma me habría abierto uno en el cráneo o congelado vivo y mal tiempo las navidades para morirse... Ni dios te hace caso.
Ya resolveré cuando pueda el motivo de mi tristeza, si es que me dejan... Si no, pues añadiré a mi lista el nombre de otra musa que pega una espantá... Justificada o no, no os importa. Dudo que le importe incluso a ella. Y es que mira que uno se empeña en lo imposible... Hablar de hombre a hombre con una mujer... por muy poeta que sea... y luego se deja uno llevar, baila a la música que le tocan y que le gusta y entonces la caga... y no le dejan ni explicarse... Eso entre hombres no pasa.... Si no, pues lo normal, vamos... que soy Gilipollas...
Así que queridos... Esto no se acaba ni por casualidad. ¡Yunamier! Es más... Ahora vuelvo a tomar yo el mando. Vosotros ahí quietitos y no os vayáis a ninguna parte, que el viaje hacia la tierra prometida continúa. Sin Sansón Restrepo, me temo, descanse en paz... Pero su espíritu sigue conmigo.
Felices fiestas a todos, feliz cumpleaños, padre. Yo seguiré escribiendo, porque para otra cosa no sirvo y porque en contra de lo que opina Carol, los ermitaños no celebramos las fiestas.
Cuando volváis os va a tocar leer lo vuestro... a fastidiarse, a divertirse, y ¡Alamier!
El ser humano -o al menos mi especie- debiera evolucionar como hacen los dibujos animados.
Así, cuando acumulas experiencia, comprendes mejor algo de ti mismo que antes no podías y que paralelamente, hay cosas del mundo que creías conocer y sin embargo se te funden en los dedos sin que puedas evitarlo y, consecuencia de todo eso, te vuelves algo más sabio, algo más sensible y cínico, algo más hijo de puta y cruel, algo más huraño y refinado, lo suficiente al menos como para no cometer los mismos errores, que entonces de pronto despertaras en una pantalla de colores chillones y musiquita de casiotone que te expusiera a todo el mundo en vista de trescientos sesenta grados mientras en una esquina se ven los puntos de fuerza y experiencia acumulados y los iconos de los nuevos poderes adquiridos y una voz anuncia...
¡¡Paaaaaulus de Beeeest!!... ¡¡Tacháaan-Tacháaan!!... ¡¡Poetastro de nivel trece!! ... ¡¡Tacháaan!!... ¡¡Evoluciona a!!... ¡¡Tantatacháaan!!... ¡¡ Vampiro emocional de nivel catorce!!... ¡¡Y ssssse convierte ennnn!!.. (redobles de tambores sintéticos)... ¡¡Rapataplán-chipún!! ¡¡Tachín-tachán!!... ¡¡Maaauri Xeeelonaaaa. La Toooortuga Neeeegraaaa!! ¡¡Con más diez en telepatía!!....¡¡Y el poder de teclear mientras sostiene un cigarrillo!!..
Estaría de fábula... Sería así alguien nuevo, un personaje más guay, con más estilo y mejor aspecto, con demonios nuevos, más fuertes y poderosos que los anteriores, pero nuevos... Sería alguien menos ridículo, con la cuenta en el Feniks a cero, las cuentas que tengo abiertas en todo el mundo a cero, la mandíbula y las costillas completamente repuestas, las manos delgadas y huesudas, como de niña, enteras y sin cicatrices... Sería alguien a quien admitirían la entrada en todos los bares, que sabría qué decir sin sentirse culpable antes o después de decirlo y al que no le dolería todo el cuerpo como me duele ahora...
Sansón Restrepo ha muerto. Se intoxicó de emoción pura hasta tal punto que al volver al silencio -estado natural del alma-, se evaporó su alma en palabras... De veintiún gramos que pesaba por la mañana, apenas si llegaba a los doce a media tarde y por la noche no le quedaban más que unas pocas palabras que como cenizas arrastró el noreste sin que casi nadie pudiera oirlas. De haber tenido una guitarra a mano, podría haberlo tratado a tiempo. Aunque es difícil tocar la guitarra con manoplas, algo podría haber hecho en vez de simplemente quedarme ahí, impotente, sin saber qué decir o qué hacer mientras Sansón Restrepo se congelaba hasta el alma y se ahogaba como una estrella de rock en sus propias preguntas sin respuesta y sin que yo supiera hacer nada más útil que ahuyentar los cuervos para que no empezaran a comérselo todavía.
Me gustaría, como Sansón Restrepo, poder comprar unas tentaciones de melancolía y revolcarme en ellas hasta que no quedara de mí más que una pulpa viscosa, pero no me sirve, como tampoco me sirve apenas la música. Me quedan unas pocas canciones de las que aún consigo extraer algunas gotas de emoción, pero es una emoción para terceros y más que finita... Estaría bien poder ir a una tienda con un disco y pedir que te recargaran de emoción dedicada sólo para ti el Into my Arms de Nick Cave, el Water de PJ Harvey o el Mark of Man de Suddenly Tammy!... Nos facilitaría mucho la vida a los de mi especie...
Pero no es así. La emoción de mis canciones se acaba y entonces sólo se convierten en simples palabras con música... carroña para un alma, como esa poesía huera, compuesta desde una cátedra y tan sólo con palabras... Antonio Colinas, Pere Gimferrer, más de la mitad de Pablo Neruda... y tantos otros cuyo sabor a cosa hueca y sin vida ya he olvidado... Por supuesto, también hay en ese estercolero de carcasas verbales buena parte de lo que que yo he escrito y compuesto y ahí debe estar, en el limbo de las cosas sin vida.
Me vaciaría los ojos por que en este momento alguien entrara por la puerta del Feniks, cogiera la cafetera de la barra, se sentara con ella frente a mí y sin pedir permiso, sin dar los buenos días ni decirme su nombre me cogiera un cigarrillo respondiendo a mi ceja enarcada con una sonrisa de medio lado y llenara su taza, rellenara la mía y entonces con un fulgor del color que fuera, me lanceara los ojos y me hablara, permitiéndome libar, como si fuera néctar de madreselvas, la emoción adherida a las palabras que le produce mi presencia... Y que luego me dejara a mí lancearle la mirada con un fulgor verde-amarillo y sin miedo alimentara su alma con la emoción que su presencia destila en las mías...
Sería algo único y muy especial. Como cruzar una de esas puertas importantes que hay en la vida y que luego se cierran tras uno y le cambian para siempre la percepción de las cosas... No os hacéis una idea de la importancia que eso tendría para mí... Porque significaría que por fin, después de aquel helado con Juana, en el bus de Estella a Pamplona, de aquellas uñas de mil y una noches que me dieron de comer en Tehrán, de aquel café con José Agustín Goytisolo, o de aquel momento de complicidad con Gila en su camerino, alguien de mi propia especie se habría sentado a mi mesa mirándome a los ojos... Y sin embargo, aquí estoy... hablando solo, de mal humor, incomprendido, con hambre y no sé decir de qué, pero sea lo que sea, no consigo saciarla de ninguna de las maneras.
Ni siquiera me sirve buscar pelea. Ese truco ya no me funciona... Ya no me produce efecto alguno sentir mi miedo brotar a raudales y hacerme temblar las rodillas, ni notar el sabor de mi sangre en la boca, ni aspirar el odio y el miedo del contrario...
Esa pelvis que percute mi pelvis mientras unos brazos más fuertes me rodean y me derriban al suelo, esas piernas, más fuertes que las mías que me comprimen las costillas, esa boca que busca cerrarse en mi cuello o mis orejas, esas manos, que presas de mis manos buscan hacerme estallar la nariz y las sienes, esos ojos abiertos de par en par, unas veces con odio, otras con miedo... Nada de eso significa ya nada... Todo eso se ha convertido en una coreografía de movimientos previsibles, de reacciones instantáneas y sin emoción alguna... Sólo dolor... gane o pierda, ya no percibo más que dolor, propio o ajeno... Y ninguno de ambos me alimenta. Sólo conseguirá que un día me abran la cabeza a traición, que me den una mala puñalada o que me peguen un tiro a quemarropa.
Sería estupendo. ¿Verdad? Levantarse así y ser alguien completamente distinto, con poderes nuevos, experiencia vieja y un par de alas, pero no funciona de este modo, me temo.
La persona física, el colectivo Paulus de Best, el mamífero póngido que anda hoy por la calle es el mismo de ayer, sólo que algo más resabiado y cínico-hijo-de-puta por dentro y algo más callado y cojo por fuera de lo que era el nueve de noviembre a las tres y poco de la mañana, -huso de Moscú, medianoche en España- con más urgencia de conversación y compañía de lo que estaba entonces, porque lo admito, desde entonces y hasta anoche, algo que se revuelve desde hace tiempo en mi interior ha ido tomando forma y está a punto de brotar -ojalá sean las alas- y ha sido todo un revulsivo: Un algo que me obliga a dar un paso más en una evolución que uno no elige ni juzga, que le viene impuesta por la genética, por las circunstancias y el azar, que como ya he dicho, tiene las suertes repartidas.
Hoy, víspera de Noche Buena, me he despertado con la clara consciencia de qué soy y qué no soy, de cómo percibo el mundo y de cómo el mundo me percibe a mí. No percibo a la gente y sus palabras, sino sus emociones: sus deseos, sus intenciones, sus contradicciones, sus miedos y decisiones... y me alimento de todo ello... Y todo ello produce en mí nuevas emociones que sin poder evitar envuelvo para regalo y transmito en todas direcciones, con resultados imprevisibles y de todo tipo. En el mundo que yo percibo las cosas son la mitad de lo contrario que aparentan.... Un mundo que se me revela en negativo.... Y que me duele. Dirán que por razones totalmente estúpidas y que no vienen al caso. Puede que sea así. Pero me duele profundamente y no puedo evitarlo: me desangro. Mi alma pierde peso y me muero de hambre y de culpa. Sin embargo, tiene sentido.
De repente, esa visión del universo en negativo que mató a Sansón Restrepo cobra sentido para mí... Todo encaja en su sitio. No lo hace por supuesto sin asombro, ni lo hace de forma totalmente indolora, sin daños a terceros ni víctimas inocentes, pero sí encaja armónicamente y explica qué hago aquí, qué me trajo aquí y por qué no me involucro, por qué todo me resbala en definitiva como si estuviera cubierto de una capa impermeable y por qué todo carece al final de importancia.... Por qué pese a haber fracasado y seguir fracasando estrepitosamente en tantos ámbitos diferentes, por qué pese a dolerme el cuerpo y el alma como pocas veces antes, me siento ahora más sabio, más fuerte, más perceptivo, rápido y poderoso que nunca...
No soy como me complacía en creer soldado, poeta, monje y puta por turnos alternos, sino todo eso a la vez. En cierto modo, me he convertido en vampiro. En uno que se alimenta vorazmente de emociones ajenas sin permiso y sin permiso también se te acerca un día y con su mejor intención, sin maneras y con urgencia te pone, sin pensar en nada más que en sobrevivir, sus muñecas ensangrentadas en los labios y te pide mirándote a los ojos que bebas sin miedo de ellas... Me doy cuenta del daño que eso ocasiona a veces y me arrancaría otra vez los ojos si con ello pudiera remediarlo.
No sé qué voy a hacer ahora que Sansón Restrepo ha muerto. No quiero quedarme aquí. Me da igual que los días a partir de ahora se alarguen a razón de diez minutos por día... y que dentro de apenas noventa días vuelva a ser primavera... Lo peor del invierno está aún por llegar y temo sus consecuencias anímicas. He dejado la casa de Oleg en el bosque con la familia de Ratatouille y Susi Häämähäkki dentro y he trasladado mis cosas a lo de Golcharev, donde tengo una habitación y trabajaré con él de momento hasta la Natividad. Comeré con Pentti y con Marija el siete de enero y más no sé... No me preocupa el futuro en lo que a dinero o trabajo se refiere. De todos modos, si alguien tiene un trabajito por sencillo que sea para mí, que por favor me escriba... -mi dirección está en mi perfil-... . No me hace ninguna gracia no saber qué voy a comer la próxima semana ni tener que responder a mis hijos que no sé cuándo iré a verlos ni qué les van a traer los reyes.... Sí me preocupa en cambio lo que deseo, lo que necesito para poder procurarme todo lo demás...
No me importa volver a colgarme el acordeón y mendigar para comer... Es como ir a tocar a las ramblas, pero con urgencia... Pero ¿Mendigar conversación? ¿Escribir a cambio de compañía? ¿Suplicar a quien pase que, por caridad, comparta sin temor alguno una o dos emociones conmigo? ¿Rogar a alguien que por favor me hable sin miedo a monopolizarme? ¿Abrazarme a sus rodillas y con lágrimas en los ojos pedirle que no se vaya, que no tema que monopolice su vida compartiendo cama, bajar la basura, ir a buscar a los niños o pagar la letra del coche? ¿Mendigar una caricia, pero una sincera, de las que se dan a un amante, no a un perro? ¿Ofrecer mis tesoros a cambio de un abrazo de colores? ¿Conseguiría hacérselo entender a alguien? ¿Conseguiría no ser malinterpretado o temido y apartado de un manotazo?
No quiero que nadie me dome. Ni he querido nunca domar a nadie, pero me muero de hambre, siento cómo mi alma también pierde peso y se me queda en nada y mi dignidad es pequeña, flexible y de bordes poco definidos... nada que no pueda tragarme si hace falta...
Saldré a mendigar con mis harapos de náufrago de los domingos... Me moriría si no, de soledad como Sansón Restrepo antes de haber conseguido siquiera que espontáneamente me regalaran un par de buenos días, un luego te cuento o un no me molestes, dichos sin emoción alguna...
Siento que de nuevo estoy arrodillado en un cruce de caminos, con el cuerpo dolorido, la armadura agrietada y cubierta de bollos, las armas rotas y llenas de orín.
Siento que no tardará en llegar un nuevo viento que me levante en vuelo... Siento que me llega otra vez el momento de prepararme y mientras limpio mis heridas, purifico lo que queda de mi alma y afilo mis armas, siento que debo dejar esto aquí tal y como está.
Por respeto a los lectores que en su día entraron con ganas de leer sobre aventuras en coche, en moto, sobre el Dakar, la Grappe de Cyrano o el Rally de Túnez. Para ellos ahora mismo, no tengo nada nuevo que contar, como no lo he tenido desde el Gran Premio de Francia o las Veinticuatro horas de Le Mans. Por respeto a los lectores más nuevos, que por cortesía, por curiosidad o por azar, -que os recuerdo: tiene las suertes repartidas-, entraron buscando lo que fuera y se quedaron a leer lo que tuviera que contar.
A todos, muchas, muchas gracias. Espero no haberos decepcionado demasiado y que la dosis de aventura, humor, fábula y emoción pura haya sido, si no equilibrada y siempre de vuestro agrado, al menos soportable.
Ni bien termine de escribir estas líneas, me iré al bosque unos días a enterrar lo que los cuervos hayan dejado del cadáver de Sansón Restrepo y celebraré allí el cumpleaños de mi padre, que es mañana, en algún refugio que encuentre...
Me muero de curiosidad por saber en qué me habré convertido cuando salga y qué me encontraré cuando vuelva a escribir, con otro nombre, en otra parte, de otra cosa, pero con la misma alma con que lo he hecho todo este tiempo... y muchas más ganas... El cielo ya sabe a quién estoy agradecido y deseo de todo corazón que tú también lo sepas, porque necesito curarme esta tristeza cuanto antes.
Ahora, con vuestro permiso, me largo de aquí. Mis amigos y los de mi propia especie sabrán encontrarme allá adonde vaya.
Descansa en paz, Sansón Restrepo, buen amigo y leal compañero, a los pies de tu roble favorito y bajo los cielos boreales de Tuloma... Cúmplase así tu deseo de por fin llegar y nunca más irte.
(Ruego a aquellos lectores que tengan por costumbre rezar, que se acuerden de él de vez en cuando. Yo ya me las compondré como pueda.)
De nuevo, gracias a todos por todo.
Hasta siempre, Paulus de Best
¿Qué hará con la memoria de esta noche tan clara cuando todo termine? ¿Qué hacer si cae la sed sabiendo que está lejos la fuente en que bebía?
¿Qué hará de este deseo de terminar mil veces por volver a encontrarle?
¿Qué hacer cuando un mal aire de tristeza la envuelva igual que un maleficio?
¿Qué hará bajo el otoño si el aire huele a humo y a pólvora y a besos?
¿Qué hacer?¿Qué hará? Preguntas a un azar que ya tiene las suertes repartidas.
Escala de valores... Resulta irónico y amargo... Da una rabia como para derribar un árbol a patadas... Es casi obsceno y totalmente indecente que se llame justamente así, -escala de valores-, al resultado de velar un color, de diluirlo gradualmente en agua, aceite o alcohol hasta hacerle perder por completo la esencia de sí mismo y convertirlo así en su mera sombra... Qué injusticia... que cosa más absurda, ¿no te parece? que a fuerza de insistir se consiga que negro, verde, azul, blanco, rojo, dorado... no sean en definitiva más que alteraciones de dos polos antagónicos y excluyentes...
Resulta increíble, además, que todas las explicaciones posibles a este fenómeno no sean en definitiva sino simples excusas con las que hacerse a la idea y convivir con el triste hecho de que, a fuerza de meterles mano, todos los colores que alberga un mundo, un universo, una mente, se reduzcan a sólo dos, sin matiz posible entre ellos ... Blanco o negro, bien o mal, tú o yo, noche o día, libertad o presidio, hombre o mujer, derrota o victoria, perseverancia o abandono, amor u odio... invierno o verano... y así quien un día pase y llame a tu puerta tendrá que ser el amor de tu vida o un simple desconocido. Da pena.... Cuántos entristecerían de muerte al asumir que todo se reduce en realidad a ese antagonismo primario... y artificial, por otro lado, porque de ambos polos, sólo uno es real y el otro, -temido tan profundamente- no es más que la negación del primero. Así, para la luz, lo negro, -aunque creyéndolo tan real como ella misma, le teme, lo ataca y luego le huye-, no existe más allá de la negación de toda luz, como tampoco existe el blanco para el pigmento más allá de su ausencia... ni siquiera como pigmento de color blanco. Y así, lo mismo sucede con con cada dupla que pongas ante tus ojos... que haga que partiendo de un punto cualquiera que flota en cualquier espacio y en cualquier tiempo, sin dirección alguna, ni ningún sentido ni la menor de las intenciones, a fuerza de ahondar en él, de hurgarle con el dedo y exponerlo a tu curiosidad, llegues a un extremo totalmente irreal que lo anule y lo devuelva transformado por completo al inicio... El agua así, sin que pueda hacer nada, se convierte en tus manos en vino y el vino a su vez en sangre y la sangre en memoria y la memoria a veces en algo sublime, tan bello... que no podrías ni creértelo... que sin embargo sólo sirve para que junte polvo en las estanterías, para ponérselo en la solapa algún día de fiesta, o para con la aprobación de la familia y los vecinos, aparentar ser distinto dentro de un límite y darse así una capa de brillo que lo distinga mínimamente a los ojos de sus iguales.
Por eso el mundo es gris... y su gente es gris y el alma de su gente es gris y el color de las palabras con que se hablan, con que hacen la compra, con que se rodean de otra gente y estructuran el modo en que esa gente orbita unas en torno a las otras... gris... con que se sueñan y se aprenden, con que se odian y se aman, con que se acercan y se alejan... El color de todo lo que existe es gris, el color de sus vidas es gris y gris es el color de sus cabellos, de sus labios y sus manos... gris como el color de su sangre, de sus ambiciones, de sus miedos, sus fracasos, sus logros y deseos... gris... total y abandonadamente gris como sus risas, sus saludos, y sus ganas de vivir... escala de valores...simples matices de un gris colocado sobre cualquier cosa, como una transparecia, para así hacerla comprensible, abarcable, medible y transcriptible...transcendente con palabras.. Gris... el justo término medio con que abarcarlo todo... para dominarlo todo y convertirlo en una nada explicable, precisa, ordenada, displicente y dócil... gris. Irremisiblemente gris.
Pensé que el mundo era imperfecto y bello, que estaba incompleto... a medias... Pero es perfecto... y gris... entero, completo, redondo, perfecto... y gris... una amalgama impenetrable de relaciones insulsas y grises, pero perfectas, previsibles, razonables, uniformemente grises, oportumanente catalogadas, conformes, bendecidas y apostilladas... simplemente perfectas... con buenos días grises, con besos grises, con luego te llamo de color gris, deseos grises, abrazos grises... tan grises y perfectamente organizados, que en ocasiones, hasta preguntar la hora asusta... y un imprevisto buenos días genera un auténtico revuelo... que dar o recibir un espontáneo abrazo de colores, largo, cálido, lento y callado que huele a cera de abejas y a mantequilla fundida no cabe de ninguna de las maneras en esos casilleros mentales con que ordenan el mundo y los deseos y se sienten a salvo de tentaciones que ellos mismos crean para luego huir..., tan gris... que un simple rayo de luz y un aroma les asusta sin remedio... y así huyen despavoridos al gris y se sumergen hasta los ojos en gris... ese gris que les ahorra el mal trago de volver sobre sus pasos remediar sus males y calmar sus miedos... ese gris con el que todo se explica... ese gris a costa ajena que para todo tiene respuestas y todo lo abarca y todo lo llena... ¡Qué decepción más honda para un payaso! ¡Qué amargura incurable para quien se alimenta de palabras y emociones puras poder sólo aspirar a ese gris que ni por asomo es, como dicen, la suma de todos los colores!.. Ni por accidente... Gris es sólo el promedio del mundo. Su justa medida... la puta horma de su zapato.
Sansón Restrepo miró lejos, con la espalda apoyada en el tronco del roble mientras el intenso dolor que sentía en su cuerpo, semisepultado en la nieve, una vez superado el umbral de lo insoportable, se transformaba lentamente en un agradable hormigueo que anestesiaba los sentidos. Gris... pensó entonces mirándose los pies descalzos, que empezaban a abandonar el color rosado de la piel agredida por el frío y de a poco se volvían también grises. También yo me vuelvo gris... Como el mundo. pensó mientras uno tras otro, el frío anulaba cada uno de sus sentidos.... Primero se colapsó el olfato, luego el gusto y también el oído y así, la percepción del espacio y de la distancia se redujeron a cuanto apenas abarcaba su vista... Gris, como la gente normal... sonrió levemente mientras también el tacto se replegaba conforme la piel, expuesta a la intemperie, viraba al gris y ascendía gradualmente desde los dedos de los pies y las manos por piernas y brazos...
Para cuando el gris llegó a cubrirle las ingles e invadió sus axilas, todo el tacto se concentraba en una vaga y fría sensación de humedad en una zona imprecisa de la boca, donde claudicó finalmente al frío y se desvaneció en el preciso instante en que el gris se apropió también de sus párpados y cristalizó en su mirada, abierta al lago en cuyo fondo, bajo el hielo, palpita el último rayo de sol del otoño y aun más allá, hacia el interior del bosque que tanto le aterra.
Nunca sintió la pena del roble, que aunque nunca hubiera entendido nada, pudo, al menos por un segundo, reflejar en su corteza todos los colores del sol para Sansón Restrepo y su autor. Sin huir, porque los árboles no huyen a ninguna parte sino hacia sí mismos. Sólo están ahí y te ofrecen generosamente sus ramas, su sombra, su leña, sus frutos y sus raíces para que los tomes si los quieres. Los árboles nunca se ofenden si un día con prisa pasas y no saludas, ni si eres feliz con otro de tu especie y sólo pasas a verlo los fines de semana, los sábados que caen en número primo... o nunca. Vivirán ahí lo suficiente como para poder prometerte sin mentir que siempre estarán ahí, esperándote, por si un día te apetece recostarte a su sombra y leer un libro... Sin embargo, incluso los árboles se sienten a veces arrebatadamente tristes y solos porque no pueden ver, ni oler, ni oir, ni devolver la vida con un abrazo de colores... porque también los árboles son grises... rematadamente grises... irremediablemente grises, puñeteramente grises... simplemente grises... Y no pueden hacer nada.
Y el roble entonó un lamento de ramas y crujires que nadie oyó, cuando el vaho menguante de la respiración que se adormecía a sus pies se heló definitivamente con un suspiro ronco, dejando así que el gris, el color del mundo, adentrándose en su boca, llegara también a lo más íntimo y recóndito de su alma y por fin se adueñara de ella... gris... como este cielo nevado.
No muy lejos, sobre una rama, un par de cuervos se miran extasiados a los ojos y sólo esperan a que amaine la ventisca para bajar a comer.
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Clavos
Vino Tinto.
*...
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Pentti Liimanen, mi maestro en la herrería//
Oleg Bogdánov// Piotr Zhirinov "Pisteke el Roto"// Carol Bret //
...Y a Anne Marie, compañera y amante de corazón blindado, madre de mis hijos, cuya paciencia me alienta, me inspira y me permite estas y otras muchas extravagancias...
Si te preguntan por mí
Paulus de Best
Te lo diré una sola vez, así que no vuelvas a preguntarme de dónde soy o a qué me dedico:
Nací en Madrid, hijo de argentinos, criado a mi pesar en Argentina entre 1977 y 1983. Volví con 12 años a España y viví en Barcelona durante veintitantos años, con pequeñas temporadas en Francia.
Estudié filología clásica, traducción, algo de arquitectura y fui marino de guerra un tiempo y soldado, más de suerte que de fortuna durante otro, hasta que me largué a Suecia, donde fui político, limpié trenes y nació Marcel, mi hijo mayor.
Volví en el 2004 a Murcia, donde nació Gabriel, mi hijo menor. Trabajé en la construcción, vendí casas, estudié marketing, diseño y algo más que no recuerdo ni me sirve.
Hablo seis idiomas o siete y he sido payaso: con diferencia, el mejor trabajo que un hombre libre puede tener.
Saco fotos, escribo, cocino, navego y viajo.
Planeo irme, pero no sé cuándo, por qué, ni a dónde, ni cómo, ni con quién.